Nací entre montañas.
Nunca he parado de caminar.
Desde que tengo memoria, el Pirineo ha formado parte de mi vida. Primero de la mano de mi padre, después solo, y ahora con miles de personas siguiendo cada paso. Esto no es un trabajo. Es lo que soy.
«Todas las personas, al menos una vez en su vida, deberían vivir algo así.»
— Eli del Pirineu
De los Pirineos
al mundo.
Siempre hacia adelante.
No hay atajo para la experiencia. Cada km cuenta una historia. Aquí van las mías.
Crecí en Ullastrell, un pueblo pequeño cerca de Barcelona. Pero mis primeros recuerdos no son de calle — son de montaña. Mi padre me llevó al Pirineo antes de que supiera lo que era el senderismo. Para mí era simplemente lo normal: caminar, dormir bajo las estrellas, levantarte con frío y seguir.
Esos años me dieron algo que no se aprende en ningún libro: instinto de montaña. Saber leer el tiempo, gestionar el cansancio, encontrar ritmo. Sin saberlo, me estaba preparando para todo lo que vendría.
Durante años hice lo que muchos senderistas hacen: rutas de una semana, diez días como máximo. Bonitas, exigentes, pero contenidas. La vida, el trabajo, la rutina. Ya sabes cómo funciona.
Pero algo en mí siempre tiraba hacia algo más largo, más profundo, más desconocido. La pregunta no era si lo haría. Era cuándo.
A partir de 2020 empecé a documentarlo todo en YouTube. Las rutas se volvieron más largas, más ambiciosas. Mi forma de caminar también evolucionó: ultraligero, grandes jornadas, días que se miden en cuarenta kilómetros. No porque quiera sufrir — sino porque esa es mi forma de conectar con la montaña.
Lo que empezó como un canal se convirtió en una comunidad de más de 30.000 personas que comparten la misma inquietud: la necesidad de vivir algo grande.
Dos HRP, un GR11, un GR10. Cuatro veces he cruzado el Pirineo de punta a punta. Una de ellas, la HRP, la completé en 17 días — haciendo una media de 40 km diarios, lo que se conoce como el desafío de los 18 maratones transpirenaicos.
Otra la hice en formato Yoyo: GR10 de ida, GR11 de vuelta. Sin parar. Porque cuando llegas al final de una travesía y tienes piernas, ¿por qué no darle la vuelta?
El circuito del Annapurna en solitario fue otra dimensión. El lugar más alto que he pisado hasta ahora. También el más silencioso. Hay alturas a las que el ruido del mundo no llega, y allí entiendes por qué vale la pena hacer todo esto.
Completé el circuito completo y llegué al campamento base. Una experiencia que no se traduce en palabras — solo en kilómetros.
Ahora mismo estoy preparando la Via Alpina. Un nuevo capítulo, una nueva montaña. Vivo entre Tailandia y la montaña — mi novia y yo tenemos base en Chiang Rai, pero la mochila siempre está lista.
Lo que viene después de los Alpes… todavía está tomando forma. Pero si me conoces, sabes que siempre hay algo en el horizonte.
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